18.12.05

Sábado en la madrugada y en la mañana

Suena el teléfono. Son las tres y cuarenta de la mañana. Veo la pantalla, es un número privado. "Tres personas que conozco tienen número privados: Mi casero, que en este momento ronca a más no poder; el tipo que me vende la mota que no va a estar llamándome a estas horas, ya que nos une una amistad hermosamente superficial. La tercera es ella." Contesto. Nadie habla. Espero. Nada. Conmino a que hablen. No hay respuesta, me parece oír una leve respiración. Le indico que estoy cansado y que quiero dormir y que no puedo estar en esas vagancias. Cuelgo. Vuelve a timbrar. Contesto. Le pido que hable, infructuosamente. Asumo que es ella. Decido leerle algunos de los poemas que me engendró su ausencia:
(...) mas, amore,
a tu boca no la he encontrado
en las otras bocas que he besado.

Le canto tristes canciones de melancolía y esperanzas de retorno: José Domingo, John Lennon, Serrat. Le cuento mi vida en los últimos meses, de cómo me ha hecho falta, de cómo he abandonado la crisálida y empiezo a ver el mundo con los ojos frescos; le miento un poco, adelanto cosas que no han pasado, le pongo la situación en dos platos:


—Hay dos opciones, Schatz: una es que ya nos decidamos a olvidarnos, lo cual no es una opción para mí. Dos, nos dejamos de tanta mierda y nos casamos, empezamos a vivir la vida juntos, que yo lo que quiero es estar con vos y ser feliz y es lo que haré.


Ni una palabra. Me parece oír una leve respiración, le pido que aunque sea respire fuerte y soy complacido. "Un progreso," pienso, aunque no me inspira total entusiasmo. Sigo hablando, le ofrezco disculpas, explicaciones, planes en común, declaro mi egoísmo al decirle que a mí lo único que me interesa es estar con ella y el resto del mundo me vale muy poco. Le ruego que me hable, que me deje oír su voz (lo que más extraño es esa risa que sólo yo podía causar.) Cuelgan. No más, fue todo. Ni una palabra. Tengo un sabor algo dulce en la saliva. Empiezo mi larga rutina de caer dormido.

Al día siguiente, mientras camino al trabajo, pienso. Me intriga quién me llamó, sólo hay una manera de averigüarlo y no puedo evitar sentir aprensión. Suena el telefono, miro la pantalla, diablos, un número vagamente familiar y molesto. Respondo, ya sabía, mi ex-amante la Señora. Le repito por cuarta vez que no me contacte y le corto pese a su petición. Me siento frente a la pantalla y me la paso en automático hasta el almuerzo. No como, llamo a la Señora y le pregunto si ella o el marido tuvieron que ver con la llamada. Me dice que no, devolviéndome la rudeza. La llamo, a Layla y le pregunto luego de un previo y breve rodeo. Me responde:

—No me venga con esa hablada. No me haga perder el tiempo.

Cuelga. Le creo, no fue ella. ¿Quién putas fue el receptáculo de tantas intimidades? El resto del día no despegó hasta la pura noche, gracias a la visita al antro y la birra, la mota y la charla, Trainspotting y fútbol. Sin embargo, aún al teclear esto y antes de Curse of Darkness, me siento manchado por una tristeza inquitable.

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