Para aprender a no pelarse el culo, hay que pelárselo. El plan parecía perfecto. Parecía.
Un error mío estuvo en el principio de todo lo que salió mal. Podría decir que fue por descuido, olvido, por tener la mente en demasiadas cosas a la vez; pero enfrentémoslo: fue simple negligencia. No solicité el cambio de día a tiempo. Me lo hubieran dado sin problema, lo creo, pero cuando me di cuenta, era tarde. Hice amagos de resolver la situación de la manera, digamos, correcta y de ahí no pasaron, de amagos. Vino la angustia, la definición de prioridades y finalmente una decisión que era obvia pero que debía ser tomada. Iba a faltar al brete para ir a filmar el corto. En otras circunstancias, tal falta no hubiera sido la gran cosa, sin embargo las circunstancias no eran favorables: faltar implicaba menos horas de brete irremediablemente y considerando los hechos de estar en temporada baja, el ser un novato y que mi desempeño no es muy brillante, significaba que la próxima semana podría trabajar un máximo de doce horas y ante tal perspectiva el pago inminente del alquiler se veía venir como una valla infranqueable. Mi mente poco habituada al doblez práctico empezó a carburar y luego de unos días, el maquiavélico plan estaba formado. A las cuatro de la mañana del día señalado para la filmación, iría a emergencias del Calderón, aduciría diarrea galopante y sería cómodamente incapacitado, de ahí bajaría volando a reunirme con los actores a las seis y a las siete estaríamos ya en locación y listos para filmar. Seis meses de un curso desordenado iban a tener su brillante clímax en la mañana del sábado: mi primera dirección audiovisual, con un guión basado en un idea original mía y modificado a mi gusto, con un diseño mío de tomas expresado en un brillante storyboard plasmado por el lápiz del bueno de Maurice, actores escogidos por mí personalmente y un equipo técnico algo limitado pero entusiasta. Ah, el dulce sabor de la pérdida de la virginidad...
Creer en la rapidez del sistema público de salud es ser iluso. Luego de un abominable día de trabajo que empezó a la abominable hora de las siete de la mañana, llegué a casa, dormité un poco, me relevanté y seguí recto a causa de la ansiedad hasta las cuatro de la mañana, luego de demasiadas vueltas inútiles en mi colchón a ras del piso. Fui al baño y vi mi cara brocheada de cansancio, estrés y mis infaltables ojeras y le di el visto bueno. Me puse el vestuario cuidadosamente escogido para parecer un enfermo descuidado: jacket, pantalón de buzo y chanclas. Repasé mentalmente el plan, formulado a partir de una anterior experiencia mía auténtica y el interrogatorio que le hice a Ezequiel, quien padeció en días pasado lo que yo debía aparentar. Salí de la casa y tomé mi primer taxi del día, rojo y medio. Llegué, puse mi ensayada cara de cansancio e inicié el trámite. La vez pasada duré como hora y media, más que todo por lo que duré retirando los medicamentos, pero hoy no los necesito, recordé.
Media hora para ser atendido. Ok, estaba considerado dentro del plan. Llegó el momento más difícil, la valoración. Dije, con adecuado tono, mi cuidadosamente preparado discurso. La chiquilla doctora, con apariencia de demostradora barata, pareció dudar, pero me esforcé en ser convincente y en responder adecuadamente a sus cuestionamientos (¿drogas? No, que va; ja, ja, ja.) Lo logré demasiado bien, a mi pesar. Medio litro de suero intravenoso administrado por espacio de una hora y ahí fue donde la chancha torció el rabo. Mi angustia creció y aunque el suero bajó más rápido de lo que esperaba, tuve que esperar dos horas para ser revalorado y recibir la salida. Ya había recibido media docena de llamadas de la gente involucrada a las que sólo pude balbucearles débiles excusas; yo sabía muy bien que, para mi vergüenza, mi tardanza era inexcusable, a pesar de haberles participado mi brillante plan. Luego de mi exitosa y fallida performance, imbuido en el ambiente de un servicio de emergencias en la madrugada y sus particularidades que no veo por qué relatar, logré salir con la incapacidad en la bolsa. Vuelo directo a la casa, otro taxi, otro rojo y medio; tuve que saltarme varios pasos del plan, entre ellos el que incluía ducharme. Llamé a los impacientes actores: contactados oportuna e inoportunamente por la producción, estaban ya en la locación, dejándome sin transporte y atrasándome más. Bus y un taxi más para un total de un tucán: dos horas después, llegué a locación.
Me recibieron desagradables pero previsibles acontecimientos. La pandilla Contentera estaba perdida en acción y así se quedaría por el resto del día, lo que significó tres miembros del equipo menos y lo peor, el tipo que yo había logrado derrotar en la lucha por asumir el control creativo, estaba ahora a cargo, con el equipo al hombro. Nada pude refutar y con la cabeza gacha, me hice cargo del sonido. Pude ver mi visión irse por el drenaje y como una a una iban saliendo mal las escenas. Pero me mordí la lengua, en medio de mi batalla por no dejar todo tirado e irme (Satanás, vení a cubrirme con tu sangre y me partís el culo a punta de pezuñazos.) Terminamos interiores, juntamos chunches y fuimos a filmar exteriores (deliberadamente omito detalles tediosos.) Ahí, el que usurpó legítimamente la dirección me la devolvió en un gesto que interpreto de cansancio. Todo estaba en mis manos y no sabía que hacer. Lograr la primera toma fue una ligera odisea en la que no estuvo ausente la tentación de salir corriendo. Pude sobreponerme a mi debilidad y gracias a la asesoría de Pedro, el único que sí sabía lo que estaba haciendo, seguimos adelante y finalmente aprendí a decir: cámara en posición, rueda cámara, rueda sonido y acción... corte y queda (o va de nuevo.) El sol molestaba como un sátiro hediondo a un mocoso; sucesivamente me pasé por el culo guión, storyboard, principios básicos de actuación, continuidad y demás; los otros, fatigados, no dudaron en ser cómplices. En dos tiros de plano y contraplano resolví trece escenas, filmamos detalles y sonido ambiente y me arreglé con Pedro y el actor principal para grabar los voiceovers el lunes en la mañana; todo como en hora y media. Lo único que queda pendiente es la edición, pero eso es parte de otra historia en la que la pandilla Contentera deberá meter mano, si es que tienen alguna decencia. El actor principal me tiró por la casa y anduve el resto del trecho cargando descuidadamente la cámara de al menos seis mil dólares. Llegué a casa y mi nuevo compañero de mi nueva casa, el hermanillo de Renton, me preguntó qué tal me había ido.
—Desastrosamente. Hoy me la pelé a lo grande.— dije y me dirigí a darme un muy necesitado y revitalizador baño.
(Durante el insípido partido de la Sele, examiné las tomas. Todo se puede arreglar en la edición. Será erróneo y poco artístico, pero al menos decente para una banda de primerizos.)
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