Nunca he sido valiente. Más bien, siempre he sido un cobarde. Toda mi vida he padecido la plaga del miedo. Mi madre me enseñó a temer, me enseñó a no hacerle frente a lo que me lastimaba, a lo que me humillaba, a no contradecir y no decir que no quería o que no me gustaba. Me lo enseñó a golpes y aprendí bien, aprendí a vivir aterrorizado de una mujercita menuda y llena de temores. Recuerdo muy bien cómo ella me retaba a hacer algo cuando me pegaba, recuerdo que nada hacía. Me lo he tratado de justificar de mil maneras, aduciendo mi consideración a ella o mi cariño, pero fue simple miedo. Me acuerdo de cómo se asombraba mi ex-esposa de que yo me volviera de pronto tartamudo cuando mi madre me llamaba. A pesar de todo, tal cosa tenía su lógica.
Hubo gente que ayudó a que yo sea un cobarde. Tebis y Luisca, por ejemplo. Éramos vecinos, compinches de juego cuando éramos güilas. Cuando teníamos como quince años, las cosas cambiaron. A mí siempre me vieron como un debilucho. Pero empezaron a golpearme, sin ninguna razón y se divertían haciéndolo, echándome a patadas de pronto, tocándome el hombro de pronto y cuando yo volvía la cara me recetaban un artero puñetazo.
Traté de ser valiente algunas veces. En cierta ocasión, un matón de la clase me injurió y yo me le planté. Rápidamente nos arreglamos para la salida. En la pelea, sin embargo, me vi incapaz de lanzar un sólo golpe. Lo esquivé hasta que me aprisionó y me aplastó la cara a puñetazos. Otra vez, pasaba por la casa de Luisca y éste iba saliendo, de pronto me sentí extrañamente lleno de coraje y lo reté ahí mismo. Pronto me estaba sentando con sonoros golpes pero yo me alzaba de nuevo, rabioso, invencible. Pude, por fin, acostarlo y empezar a golpearlo mientras lo tenía inmovilizado, pero salió el hermano de Luisca al rescate y luego el padre de ambos y entre todos me patearon a placer y me desfiguraron el rostro y no pude ir al colegio en una semana. Mis muestras de valor se mostraron, pues, inconvenientes y no volví a cometerlas. Una vez, incluso, en medio recreo y delante de todos, un nica me retó a pelear y me escupió la cara y yo, para mi vergüenza, me retiré con el rabo entre las patas.
Crecí y me volví alto y fuerte, pero seguí siendo un miedoso. No volvieron a montárseme o a retarme a pelear, pero fue todo por mi apariencia robusta, pero si me hubieran visto el corazón me hubieran golpeado sin dudarlo. Una vez me asaltaron y me robaron el reloj sin mostrarme una arma, simplemente con amenazas. Tomé la resolución de que tal cosa no pasaría de nuevo y compré una navaja de afeitar, de las de barbero, por ser la que a mi juicio podía causar más daño. Meses después, un piedrero flaco y bajo me mostró un desatornillador y todo lo que pude hacer fue darle mi celular y mi billetera.
Todas esas cosas me han hecho capaz de guardar rencores durante décadas y a ser propenso a las explosiones de cólera en las que rompo cosas que luego lamento haber roto. Una noche en la que encaré mi miseria en medio de los vapores del guaro, juré vengarme de todos los que me golpearon. La venganza es un plato que se come mejor frío, me dije. Pero fue un juramento vacío en el que yo no hacía nada para cumplirlo. Hace unos meses, al final del año pasado, tuve una oportunidad. Estaba en Zapote con unas amistades, yendo al ritual anual de ir a tomar cervezas en vasos plásticos y comer insalubres chuzos en medio de la tremenda incomodidad del gentío. Ya había bebido lo suficiente para dejar de sentirme miserable pero también para que me urgiera ir al baño. Entré al caos de un chinamo y luego de pagar el descarado precio, me adentré en el pestilente baño. Habían un excusado y un orinal, un par de tipos acababan de usar el orinal y salieron chocando conmigo. Avancé y pasé frente al cubil del excusado, que tenía la puerta abierta. Me asomé por descuido y reconocí inmediatamente la espalda de Tebis. Adiviné su odiado rostro en la penumbra, que estaba ahora corroído por el alcoholismo. Vi la ocasión de vengarme, de tocarle el hombro y derribarlo de un puñetazo, ojalá rompiéndole la nariz. Pero no pude hacer eso. Me acerqué por detrás, le jalé el pelo levantándole la cabeza y lo degollé con mi navaja. Es una manera horrible de matar a alguien, pero es rápida y silenciosa. Le hundí la cara en la taza del inodoro y cerré la puerta tras de mí. Oriné rápidamente y salí. No lo encontrarían hasta la mañana. Me reuní de nuevo con mis amigos y seguí bebiendo, me marché al cabo de un par de horas. Al llegar a mi casa y encerrarme en mi cuarto, no pude evitar llorar de alegría.
Miro la hoja de mi navaja, aún manchada con la sangre del sacrificio, del sacrificio que oficié en mi nombre. Lo que hice no fue una venganza, pues la venganza es irracional y caprichosa. Fue un castigo. Ya no soy un cobarde. Soy algo peor.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario