Voltron Video Games. El II, a la par del Variedades. Ahí iba a hacer mis amigos. Los güilas se volvían locos con las máquinas. Yo ya estaba viejo para eso, apenas jugué futbolín y pool; lo más fue el Pacman. Pero yo iba ahí por otras razones. Llevaba tiempo yendo, era un buen lugar. Era una cuestión en que unos tenían lo que otros queríamos. Ellos, o eran curiosos, o inocentes o simplemente aprovechados cuando se despabilaban. Esos eran los recurrentes, que ya hasta precio tenían y eran preferibles a no tener nada. A veces llevaban amigos que medio sabían, ésos eran mejores. Pero lo mejor de todo eran los pollos, los que aparecían por ahí, por cualquier razón. Iban a jugar casi siempre, eran caprichosos a veces y a veces fáciles. Hubo ocasiones en que tuve que recurrir un poco a la fuerza, pero generalmente todo se resolvía con la receta mágica o una hablada suave. Obligar a alguien a hacer lo que uno quiere no tiene gracia. En cambio, sí la tiene si uno hace que el otro llegue a querer hacer lo que uno quiere. Eso sí es una victoria.
Su cara de ángel apareció de pronto. Fue y se instaló frente a la máquina de los monstruos, en la que casi nadie jugaba. Otro más pequeño estaba con él; discutieron, se dividieron plata y el pequeño se fue. La situación era evidente: el hermano mayor se había traído al hermano menor, seguramente con la excusa de ir al Variedades a ver 1492: La conquista del paraíso. El mayor lo que quería era matar fiebre, de fijo. Seguro estaba probando por primera vez la rienda paterna, lo cual quería decir que era aventurero y mal portadillo, lo cual era bueno para mí. El menor iba molesto, seguro no se animó a participar en el engaño. El cara de ángel empezó a jugar como loco, primero en la de los monstruos y luego en la de Street Faiter. Rápidamente se quedó sin plata y como tenía que esperar a su hermano, se quedó viendo jugar a otros. Yo lo observé a él durante ese tiempo. Cara de ángel, pálido, delgado, con ojos grandes como de sorpresa y labios gruesos. Me encaminé a ofrecerle plata y a buscarle conversación, pero me ganó el viejo. Viejo maldito y payaso. Era demasiado directo, demasiado repulsivo. Me acerqué a escuchar, disimuladamente. El viejo saludó y de una vez lo invitó a ir a su casa. Cara de ángel le dijo "amor y paz," le hizo la seña y se fue a ver jugar Street Faiter. El viejo lo tomó mal. Lo hubiera gozado bastante. A mí me contaron que al viejo le gustaba frotarse contra la cara de los carajillos. Viejo cochino.
Cara de ángel tenía sentido del humor y chispa. Yo no podía ser directo, tenía más bien que envolverlo en una trama. Fui y le empecé a hablar. No era maleducado. Me miraba atentamente con sus ojos de sorpresa. Su voz era todavía la de un niño. Lo tenté con emoción. Le inventé que yo trabajaba en un taller donde había un tele que quería robarme. Tenía mi plan: había que meterse por una ventana que siempre estaba abierta, pero yo no cabía. Necesitaba a alguien más delgado, o sea a él. Le propuse ir a medias, íbamos a sacar por lo menos diez rojos. Yo lo llevaba al taller y él se metía. Lo animé entre sonrisas. Él se puso muy serio y guardó silencio por un rato que se hizo eterno. Luego me habló de que tenía problemas con los tombos y me salió con un cuento de un cadenazo. "Sí, claro," pensé, "con esa cara de ángel quién le va a creer." Se rehusó y se fue al otro extremo del lugar. No era tonto. Me retiré a una esquina donde estaban los habituales. Sabía que el tiempo se me acababa y di vueltas y vueltas en mi cabeza tratando de sacar un nuevo plan. Pero fallé. Media hora después, el menor entró y él y el cara de ángel se fueron para nunca volver. Como el viejo, lo tomé mal. Y a diferencia del viejo, esa noche no tuve suerte. Unos meses después, un chapulín idiota mató a otro idiota ahí. Voltron Video Games II cerró y tuve que ir a buscar nuevos horizontes.
No hay nada como cuando a uno la vida le da una nueva oportunidad de hacer algo que se quiso hacer y no se pudo. Pasó como tres años después y fue un increíble golpe de suerte. Una mañana soleada estaba yo en el parque de Guadalupe, con otras cosas en la mente. De pronto me encontré al cara de ángel sentado en un poyo. Había crecido un poco, pero seguía siendo el mismo. Me puse los Ray Ban, pues no estaba seguro si él se había olvidado de mí. Fui hacia él con decisión, pues en situaciones así de sorpresivas en las que uno no tiene un plan, hay que ser directo. Él seguía siendo bien educado. Llegué y empecé a hablar con él causalmente, pronto me senté a su lado. Me dijo que esperaba a una compañera para ir a estudiar. Sin perder tiempo y con la excusa del calor, lo invité a unas cervezas. Él se sorprendió y se puso en guardia por un momento. Pero había algo diferente en él, algo a mi favor y con lo que yo contaba: él iba a jugar de hombre, era algo que él ya debía haber empezado a sentir. Rechazar las cervezas lo hubiera dejado como un maricón. Por supuesto que jugó de tomador, de alguien que no desperdicia cerveza gratis. De ahí nos fuimos al super. Lo medí y le calculé dos cervezas, por lo que le compré tres Imperiales. Yo arrimé otras tres. Al salir, no dejé de conversarle mientras me lo llevaba al lugar discreto más cercano, el cafetal que estaba como a setecientos metros del parque. Él no estaba tranquilo pero trataba de aparentarlo, de parecer fogueado, pero yo le olía el miedo. Nos metimos por la cerca, después de asegurarme de que nadie nos veía y nos adentramos en el cafetal. Cerca de un lecho de hojas secas había un tronco caído, ahí nos sentamos y cada uno se abrió una lata. Bebimos mientras yo seguía hablándole de cualquier cosa. Yo estaba algo ansioso y me aventuré con la fórmula. Saqué el puro y lo encendí como si fuera lo más natural del mundo. Le di un par de jalones y dejé que el humo me llenara los pulmones y me ayudara a controlar el deseo. Sin darme cuenta, él se levantó. Empezó a caminar alrededor del tronco, haciendo que buscaba algo con la mirada y yo sentí un vacío en el estómago. Me dijo con fingida (y no tan fingida) alarma:
—¡Mae! ¡Qué torta! Se me cayó el guacho que me regaló mi tata. ¡Qué torta! Voy a buscarlo, suave un toque.—
El vacío dentro de mí se extendió. Demasiado chispa el hijueputa. Me quedé sentado y mirando el suelo fijamente, derrotado. Él ya estaba fuera de mi alcance.
—Diay, búsquelo. Pero no se vaya.—
—No, no, nada que ver.—
Lo sentí irse, pasar la cerca, bajar la calle y salir corriendo. No pude evitar llorar de cólera, de frustración. Una vez más me había vencido el cara de ángel. Hasta el día de hoy me pregunto si me llegó a reconocer de la vez en Voltron y si lo hizo, ¿cuándo fue que se dio cuenta? Tal vez lo supo desde el principio y me bailó a propósito para burlarse de mí. Quizá fue su cautela natural. O tal vez él no era tan listo, tal vez era yo el tonto, el precipitado. Cada vez me parecía más al viejo, al maldito viejo cochino.
Me levanté y me fui a los pocos minutos, por si acaso. Dejé las cervezas y el puro tirados en el cafetal, para alegría de algún chichero. Durante años deseé una tercera oportunidad, la vencida. Hasta que un día me di cuenta de que él ya no era un chiquillo. Ya debía estar grande, ya debía ser un hombre. Supe que mi derrota había sido total. Lo busqué en otros, inútilmente. No he vuelto a encontrar a otro con cara de ángel.
Su cara de ángel apareció de pronto. Fue y se instaló frente a la máquina de los monstruos, en la que casi nadie jugaba. Otro más pequeño estaba con él; discutieron, se dividieron plata y el pequeño se fue. La situación era evidente: el hermano mayor se había traído al hermano menor, seguramente con la excusa de ir al Variedades a ver 1492: La conquista del paraíso. El mayor lo que quería era matar fiebre, de fijo. Seguro estaba probando por primera vez la rienda paterna, lo cual quería decir que era aventurero y mal portadillo, lo cual era bueno para mí. El menor iba molesto, seguro no se animó a participar en el engaño. El cara de ángel empezó a jugar como loco, primero en la de los monstruos y luego en la de Street Faiter. Rápidamente se quedó sin plata y como tenía que esperar a su hermano, se quedó viendo jugar a otros. Yo lo observé a él durante ese tiempo. Cara de ángel, pálido, delgado, con ojos grandes como de sorpresa y labios gruesos. Me encaminé a ofrecerle plata y a buscarle conversación, pero me ganó el viejo. Viejo maldito y payaso. Era demasiado directo, demasiado repulsivo. Me acerqué a escuchar, disimuladamente. El viejo saludó y de una vez lo invitó a ir a su casa. Cara de ángel le dijo "amor y paz," le hizo la seña y se fue a ver jugar Street Faiter. El viejo lo tomó mal. Lo hubiera gozado bastante. A mí me contaron que al viejo le gustaba frotarse contra la cara de los carajillos. Viejo cochino.
Cara de ángel tenía sentido del humor y chispa. Yo no podía ser directo, tenía más bien que envolverlo en una trama. Fui y le empecé a hablar. No era maleducado. Me miraba atentamente con sus ojos de sorpresa. Su voz era todavía la de un niño. Lo tenté con emoción. Le inventé que yo trabajaba en un taller donde había un tele que quería robarme. Tenía mi plan: había que meterse por una ventana que siempre estaba abierta, pero yo no cabía. Necesitaba a alguien más delgado, o sea a él. Le propuse ir a medias, íbamos a sacar por lo menos diez rojos. Yo lo llevaba al taller y él se metía. Lo animé entre sonrisas. Él se puso muy serio y guardó silencio por un rato que se hizo eterno. Luego me habló de que tenía problemas con los tombos y me salió con un cuento de un cadenazo. "Sí, claro," pensé, "con esa cara de ángel quién le va a creer." Se rehusó y se fue al otro extremo del lugar. No era tonto. Me retiré a una esquina donde estaban los habituales. Sabía que el tiempo se me acababa y di vueltas y vueltas en mi cabeza tratando de sacar un nuevo plan. Pero fallé. Media hora después, el menor entró y él y el cara de ángel se fueron para nunca volver. Como el viejo, lo tomé mal. Y a diferencia del viejo, esa noche no tuve suerte. Unos meses después, un chapulín idiota mató a otro idiota ahí. Voltron Video Games II cerró y tuve que ir a buscar nuevos horizontes.
No hay nada como cuando a uno la vida le da una nueva oportunidad de hacer algo que se quiso hacer y no se pudo. Pasó como tres años después y fue un increíble golpe de suerte. Una mañana soleada estaba yo en el parque de Guadalupe, con otras cosas en la mente. De pronto me encontré al cara de ángel sentado en un poyo. Había crecido un poco, pero seguía siendo el mismo. Me puse los Ray Ban, pues no estaba seguro si él se había olvidado de mí. Fui hacia él con decisión, pues en situaciones así de sorpresivas en las que uno no tiene un plan, hay que ser directo. Él seguía siendo bien educado. Llegué y empecé a hablar con él causalmente, pronto me senté a su lado. Me dijo que esperaba a una compañera para ir a estudiar. Sin perder tiempo y con la excusa del calor, lo invité a unas cervezas. Él se sorprendió y se puso en guardia por un momento. Pero había algo diferente en él, algo a mi favor y con lo que yo contaba: él iba a jugar de hombre, era algo que él ya debía haber empezado a sentir. Rechazar las cervezas lo hubiera dejado como un maricón. Por supuesto que jugó de tomador, de alguien que no desperdicia cerveza gratis. De ahí nos fuimos al super. Lo medí y le calculé dos cervezas, por lo que le compré tres Imperiales. Yo arrimé otras tres. Al salir, no dejé de conversarle mientras me lo llevaba al lugar discreto más cercano, el cafetal que estaba como a setecientos metros del parque. Él no estaba tranquilo pero trataba de aparentarlo, de parecer fogueado, pero yo le olía el miedo. Nos metimos por la cerca, después de asegurarme de que nadie nos veía y nos adentramos en el cafetal. Cerca de un lecho de hojas secas había un tronco caído, ahí nos sentamos y cada uno se abrió una lata. Bebimos mientras yo seguía hablándole de cualquier cosa. Yo estaba algo ansioso y me aventuré con la fórmula. Saqué el puro y lo encendí como si fuera lo más natural del mundo. Le di un par de jalones y dejé que el humo me llenara los pulmones y me ayudara a controlar el deseo. Sin darme cuenta, él se levantó. Empezó a caminar alrededor del tronco, haciendo que buscaba algo con la mirada y yo sentí un vacío en el estómago. Me dijo con fingida (y no tan fingida) alarma:
—¡Mae! ¡Qué torta! Se me cayó el guacho que me regaló mi tata. ¡Qué torta! Voy a buscarlo, suave un toque.—
El vacío dentro de mí se extendió. Demasiado chispa el hijueputa. Me quedé sentado y mirando el suelo fijamente, derrotado. Él ya estaba fuera de mi alcance.
—Diay, búsquelo. Pero no se vaya.—
—No, no, nada que ver.—
Lo sentí irse, pasar la cerca, bajar la calle y salir corriendo. No pude evitar llorar de cólera, de frustración. Una vez más me había vencido el cara de ángel. Hasta el día de hoy me pregunto si me llegó a reconocer de la vez en Voltron y si lo hizo, ¿cuándo fue que se dio cuenta? Tal vez lo supo desde el principio y me bailó a propósito para burlarse de mí. Quizá fue su cautela natural. O tal vez él no era tan listo, tal vez era yo el tonto, el precipitado. Cada vez me parecía más al viejo, al maldito viejo cochino.
Me levanté y me fui a los pocos minutos, por si acaso. Dejé las cervezas y el puro tirados en el cafetal, para alegría de algún chichero. Durante años deseé una tercera oportunidad, la vencida. Hasta que un día me di cuenta de que él ya no era un chiquillo. Ya debía estar grande, ya debía ser un hombre. Supe que mi derrota había sido total. Lo busqué en otros, inútilmente. No he vuelto a encontrar a otro con cara de ángel.
1 comentario:
Pobre Cara de Angel... qué susto se ha de haber llevado.
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