Quería ver el mundo y terminé siendo un indigente en una patria extraña que no tiene compasión y no hay nadie de quien pueda esperar alguna ayuda. El mío es un cuartucho que le alquilo a una vieja loca que vive con gatos en un amplio segundo piso y que por dicha sólo se aparece a cobrar el alquiler mientras sostiene largos diálogos con el gato de turno que trae abrazado. El lugar parece que fue una bodega estrecha, está construido en una madera vieja constantemente mascada por los insectos. Contra una pared está mi mullido colchón de paja, rodeado de mis cuadernos y algunas ediciones baratas de autores franceses. En una silla está mi escasa ropa, junto al estropeado sartén eléctrico que utilizo para cocinar. El paisaje lo completan varias botellas de vino vacías en un rincón.
Trabajo pintando casas, botando escombros y el hurto no me ha sido extraño. Traté de seguir el consejo de Cornell y encontrar trabajo en un restaurante para no padecer hambre, sin embargo, un treintañero sin experiencia tiene poca oportunidad aquí en la cuna de la gastronomía occidental. Bebo en exceso. Hay vino barato y yo me aturdo para no sentir mi miseria. Bebo con franceses pobres, locos, alcohólicos y de vez cuando con putas a las que no logro engatusar y a veces alterno con ecuatorianos, para aliviar un poco la nostalgia por mi tierra. Estoy atrapado sin remedio: juntar el dinero para volver en mis condiciones es una tarea propia de semidioses y yo soy sólo un hombre. De por sí, allá no me espera nada ni nadie y lo mismo que hago aquí lo haría allá y para caer muerto en cualquier caño no se necesita estar en la patria de uno.
Ayer en la tarde vagaba por las orillas del Sena, respirando el aire veraniego sin remedio, luego de una ardua semana sin trabajo. Encontré a uno de los ecuatorianos que me invitó a acompañarlo a él y otros a beber. Fuimos al apartamento que comparte con otros seis tipos, dos mujeres y unos chiquillos. Nos encerramos en una de las dos habitaciones y entre cuatro vaciamos varias botellas de vino de ingrato sabor. Me encontraba especialmente susceptible ese día, tardé en emborracharme pero cuando lo logré lo hice a lo grande. Quedé atontado, recostado contra la pared y escuchándolos hablar trivialidades. Al anochecer, pedí más vino y me dijeron que se había acabado y eso me provocó una explosión de rabia. Me levanté torpemente, agarré las botellas vacías y las estrellé contra la pared una a una, gritando:
—¡Maldita sea esta vida de mierda, esta existencia de basura! ¡Me cago en Francia, en este vino asqueroso y en ustedes, hijos de la gran puta! ¡¿De qué me sirvió venirme acá?! ¡¿Para darme cuenta de que el mundo es un estercolero y nosotros las moscas que se alimentan de la mierda?! ¡Me cago y me recago y tiro la mierda contra todos ustedes, montón de payasos! ¡Muéranse, muéranse malditos! ¡Y yo soy el peor, el peor hijo de mi puta madre de todos! ¡Grandísimo idiota! ¡Estoy harto de esta picha!—
Holga decir que me cargaron a la salida y dudo de otra invitación. Consecuentes, me arrojaron a un callejón atestado de basura, lo cual no fue inconveniente para pasar la noche ahí.
Son las siete de la mañana y amanecí con el pantalón chorreado de excremento líquido. La cabeza me late en conjunto con el corazón y cada latido es un latigazo de dolor ácido que me baja a la lengua con una terrible sensación de asco. En las ventanas me veo exactamente como me siento. Apago mi sed en una fuente, la gente se me aparta asqueada y un par de gendarmes no me ven con cara amistosa. Tengo que apurarme. Me lavo la cara, el agua helada es una serie de cachetadas que me hacen verme en la superficie vacilante del estanque artificial. Leo lo que está escrito en mis ojos reventados en sangre a causa de las vomitadas:
—Estoy arruinando mi vida.—
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