Estos son los días en que yo me vuelvo creyente y rezo por un cataclismo. Que se invierta el eje de la tierra, que nos impacten fragmentos humeantes de planetas cabalgados por ángeles de una sola ala, lo que sea. En estos últimos eneros me he ido en huecos, huecos que comparten una causa, de viscosa oscuridad, de horizontalidad. Son duros de sacudir, como resina en la piel; las realidades y horas se trastocan, cierro los ojos y han pasado dos horas. Siempre he vivido al borde de esta dimensión, pero en esta época parece que sí la abandono, me resbalo en otra como en un caparazón, como en un guindo donde uno se despeña violenta y dulcemente. Cuando salgo soy como un naúfrago que logra llegar a tierra. La luz me quema la frágil piel y empiezo a correr hasta que mi aliento sale a borbotones y tengo que empujarme el aire con las manos, metérmelo en las vías respiratorias; reaprendo a hablar, a no maravillarme con la existencia de un mundo allá afuera, fuera de las paredes de vidrio ahumado. En las superficies reflejantes veré el rostro de un veterano de guerras privadas, rostro de exconvicto, estafador reincidente. Casi siempre he estado del otro lado, me lo cantan las voces que revolotean invitadas por el silencio, el silencio para el cual no hay repelentes y apenas hay filtros. Me corto la mano bajo la lluvia, riendo a carcajadas, el timón gira a la libre en un buque repleto de cadáveres, los mástiles arden sin quemarse en el fuego de San Telmo. Alguien me advirtió que yo no padecería estos episodios; ese alguien claramente estaba equivocado.
11.1.06
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