7.1.06

ella volvió

Oso negro. Oso pardo. Grizzly. Apenas si puedo mantener los ojos abiertos y difusos como las sombras de las voces de lo gringos. La batería me late en el pecho, veo los corceles de acero correr hacia la puesta de sol, hay suspiros en mis oídos, voces de sirenas que me acarician los oídos en su viaje hasta mis adentros donde se funden en tibio abrazo con lo más privado de mi mente. Me arde el pecho de cólera, las paredes de mi casa están cubiertas de grandes y oscuras polillas, de las que anuncian mal agüero, aparece el pasado como un hombre con cuchillos en vez de piernas, caminando por el zaguán y haciéndose pedazos al chocar contra algo. Qué tostazón. Mi neuronas se evaporan y apenas si puedo realizar las funciones básicas para sobrevivir y obviamente escribir se volvió imposible hace rato, perdido en esta selva de tremendos verdes, de raíces que abrazan como brazos femeninos, palmeras salvajes, sanguijuelas del delirio saltan por doquier, me drenan de raciocinio, tengo orgasmos de cuerpo entero, ahogado en un caldo tibio, de cálida penumbra. La cerveza helada lavando la garganta de los rastros de carne asada, parece que floto en el aire, dulcemente, que pateo en el aire a los rostros anhelados y anhelantes. Lo que puedo hacer es exprimir los puños y sacar este zumo de palabras.

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