12.1.06

Bajo las mismas estrellas (Versión extendida)

El último hombre mira las estrellas y murmura:

No quiero morir.

No soportó más el estar bajo tierra, a pesar de que el aire era igual de ralo en el exterior. Era de noche, noche diáfana y callada. Las estrellas eran sumamente visibles y su luz volvía todo lo que tocaba en algo azulado y frío.

El hombre agoniza. Por largo tiempo resistió, combatió lo inevitable en una lucha absurda por mantenerse vivo, pero ya había cruzado el punto donde sabía que iba a morir y no había nada que pudiera hacer para evitarlo.

No es justo.

Sabía que moriría esa misma noche. Por la mañana se había sentido inusualmente mejor, lo cual no dejaba de ser extraño en una larga y perezosa agonía que no parecía admitir mejoría. Luego supo que había sido apenas una tregua antes del asalto final. Los dolores volvieron en tropel y con lo último de sus energías se arrojó a la noche, dejando su guarida por última vez.

Es muy pronto. Tanto quedó por hacer.—

Se acostó en el musgoso y humedamente frío piso de concreto. Miró las estrellas como nunca las había visto, con sus ojos de irresolvible condenado.

Ahí han estado desde que se alzó el primero de nosotros y ahí seguirán después de que yo me vaya.—

Pensó en el primer humano, en la primera noche del primer humano que tal vez había sido parecida a ésta, diáfana y muda y a la vez tan distinta. Pensó que ese ser vio las mismas estrellas y no pudo imaginar su asombro. Seguramente lo habían fascinado, quizá de alguna manera supo que las estrellas durarían más que toda su descendencia, aunque ésta sumara más que la suma de todos los granos de arena de todos los mares. La humanidad siempre lo supo y ahora el último hombre lo comprobaba. Quiso desear seguir viviendo y quiso pensar que si lo deseaba con suficiente convicción algo podría pasar, algo bueno. Pero ya estaba muy cansado.

—Sólo hay algo que quiero.

Intentó una mueca de risa al preguntarse por qué desvariaba en voz alta y se consoló al calificarlo de un privilegio de moribundos. Los ojos se le velaron y el sueño lo permeó como un humo espeso. Se durmió y antes de morir, soñó. Tuvo el mismo sueño que su remotísimo antepasado, aquél que el primer ser humano tuvo en su primera noche y sus estrellas.

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