27.12.05

Canción fantasma del hombre que cayó de las estrellas


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Todas las noches me aniquilo. Mi sueño es una muerte en la que pierdo toda conciencia de mi existencia y cada despertar es como un dificultoso parto, el nacimiento de un insólito ser que sólo vive un día (una noche,) como esas azuladas libélulas producto de voraces larvas. Raya el alba y muero, me deshago en la oscura nada. Allí no existe cosa alguna, nadie, sólo tinieblas de insoportable tibieza. Cuando este nuevo ser despierta, éste tiene la inusitada cualidad de asemejarse asombrosamente, de ser casi idéntico al individuo que se derrumbó en el mismo lugar, a pesar de que ese ser podía tener el aspecto apenas de hombre, pero con cuatro caras y cuatro alas, con piernas rectas y pezuñas como pezuñas de becerro que brillan como bronce bruñido. Debajo de sus alas, a sus cuatro lados, puede ser que tuviera manos de hombre y puede ser que no caminara, sino que flotara en lenguas de fuego, cabalgando las áridas arenas del tiempo, con las alas extendidas hacia arriba. Así viene y se impacta contra mi lecho, mi lecho como un huevo de incienso y huesos humanos, de águila, toro y león. Este bicho, un artrópodo o casi primate, se alza a un mundo nuevísimo y exrañamente familiar y esta vida es el esfuerzo de numerosísimos seres, todos aportan una pequeña pieza del engranaje de monstruosa maquinaria, engendrada por sí misma como un hombre de las estrellas, aportando vida sacada de la nada, de la crema agria de estrellas para formar momentos, momentos en que se desvaría como un niño suave y loco, bailando entre los trozos del mundo que bailan con él. Todo para el olvido, arrollado por la repetición de muchas vidas y muchas muertes, todas exprimidas por el titánico puño de la realidad y el jugo que resbala de la mano es lo que llamo mi existencia y puedo rugirle al mundo que he vivido.



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